22 de noviembre de 1964 / 22 de julio de 2021
sábado, 22 de noviembre de 2025
miércoles, 15 de octubre de 2025
jueves, 9 de octubre de 2025
9 DE OCTUBRE DE 1940: Nace John Lenon ..
- JOHN LENNON -
9 de octubre de 1940 / 8 de diciembre de 1980
sábado, 20 de septiembre de 2025
Fragmento de 'PETRÓLEO', libro de UPTON SINCLAIR (efemérides)
< La carretera, lisa y perfectamente asfaltada, tenía catorce pies de ancho exactamente; los bordes parecían cortados a tijera y limitaban aquella cinta de hormigón gris tendida sobre el valle por una mano gigante. El terreno presentaba amplias ondulaciones; tras la lenta pendiente que ascendía, un súbito descenso. Se llegaba a la cima corriendo a toda velocidad y sin temor alguno, porque se sabía que la mágica cinta se prolongaba, indefinidamente, sin obstáculos, favoreciendo la suave presión de las ruedas de caucho, que giraban siete veces por segundo. El frío viento mañanero silbaba por los costados como un torbellino de fases variables que rugían y se completaban incansablemente. Parapetándose tras el parabrisas, se desviaban las corrientes y se resguardaba la cabeza. A veces, apetecía tender la mano hacia arriba para sentir el frío choque del aire, o bien asomar la cabeza a un lado buscando el azote del viento que encrespa los cabellos. La mayor parte del tiempo, sin embargo, lo correcto era permanecer en una postura digna, tal como hacía papá. Las actitudes de papá constituían la ética de la conducción. Llevaba un abrigo de color tostado, género suave, soberbio de corte y cruzado por delante, con gran cuello, amplias solapas y enormes bolsillos de cartera. Había derroche de tela; se requería hacer ostentación, y el sastre lo comprendió perfectamente. El abrigo del niño, igualmente suave, tenía la misma procedencia y amplitud. Llevaba papá guantes de chófer. En el mismo comercio habían facilitado otros guantes de calidad semejante para el niño. Las gafas de papá tenían montura de concha. El jovencito, que nunca necesitó la asistencia del oculista, encontró en una farmacia otras gafas color ámbar con montura de concha. Papá iba sin sombrero; creía que el viento y el sol retrasaban la caída del cabello. Por razones parecidas, la cabeza del niño aparecía al descubierto. La única diferencia entre ellos, aparte de la edad, era que papá llevaba un grueso cigarro negro en la comisura de la boca, reminiscencia de los duros tiempos pasados, cuando guiaba una yunta y mascaba tabaco. Ochenta kilómetros por hora marcaba el indicador de velocidad; era la norma de papá en las carreteras de campo abierto; nunca variaba la velocidad más que en tiempo lluvioso; no tenía en cuenta la disposición del terreno para acompasar la marcha; obediente a una ligera presión del pie derecho, el coche se lanzaba raudo hasta la cima para descender poco después por la vertiente del valle sin desviarse del centro de la carretera. Al aumentar la velocidad en el descenso, papá disminuía un poco la presión del pie y dejaba que la resistencia del motor moderase la marcha. Ochenta kilómetros por hora ya era bastante. Papá se tenía por hombre metódico. Sobre una cima lejana se dibujaba otro coche, pequeño punto negro que se perdía de vista en ciertos intervalos y aumentaba de volumen al reaparecer. Momentos después, rápido y con fuerza como un proyectil disparado por un cañón, se acercaba la endiablada máquina. Era el momento de poner a prueba el nervio de un conductor. La cinta mágica que era la carretera no tenía el poder de ensancharse. El terreno inmediato a la pista parecía estar destinado a favorecer alguna salida forzosa. A ochenta kilómetros por hora, las ruedas podían patinar de manera desagradable, y el desnivel excesivo exigía, a veces, salir de la carretera en un paraje poco conveniente para reanudar el viaje sobre el hormigón. Podía ocurrir también que la arena movediza de la tierra inmediata obligase al zigzag o que la arcilla húmeda atascara el coche. Las reglas del buen conductor le prohíben salir de la carretera sin grave necesidad, y el pequeño viraje a la derecha no evita que la distancia entre los coches, al cruzarse, deje de ser comprometida. Tales trances parecen peligrosos cuando se explican, pero la mecánica celeste se rige por leyes semejantes, y aunque los astros pueden chocar, entre choque y choque hay un largo intervalo suficiente, en el sistema planetario, para la formación de nuevos cuerpos, y en la tierra, para que los hombres de negocios olviden el accidente anterior y organicen grandes demostraciones deportivas. El coche que venía en sentido contrario pasó como una exhalación, con un chasquido seco. Iba al volante otro hombre con gafas de concha; crispaba las manos, asidas al volante, y tenía idéntica fijeza cataléptica en la mirada. No había que volver la vista atrás, porque a ochenta kilómetros por hora es preciso tener en cuenta lo que hay delante, y aquellos que ya han pasado no pueden estorbar. Podía aparcar otro coche y sería preciso dejar el centro de la carretera y colocarse a un lado, calculando el espacio disponible. La vida está a merced de la destreza del conductor que va a cruzarse y de la propia competencia. En el momento culminante, si se comprende que no ha cumplido el contrincante con su deber, hay que habérselas con el más peligroso de los mamíferos bípedos. Podía ser una mujer o un ebrio. No había tiempo de comprobar nada. Sólo hay una milésima de segundo para desplazar el volante, y unos pocos centímetros para desviar el coche al margen, hacia la tierra movediza. El incidente puede sobrevenir una o dos veces en el curso de un día, y papá tenía una fórmula invariable: movía el cigarro, ladeándolo un poco, y decía con vigor: «¡Idiota!». Era la única imprecación que el carretero de otros tiempos se permitía delante del niño. Con aquellas palabras, especie de término científico, apostrofaba a los conductores ineptos, a los ebrios y a las mujeres que iban al volante; se servía de ella para insultar a los que guiaban el tiro de una carga de heno, a los que conducían carretas y obstruían un camino con la carga enorme y oscilante. Se indignaba contra los carromatos mexicanos que hacen incursiones en la carretera cuando el automóvil llega en dirección opuesta, obligando a pedalear y a frenar para detener la marcha rápidamente. Si hay algo que un conductor considera humillante es la repentina necesidad de frenar. Papá tenía la convicción de que se promulgaría una ley reguladora de la circulación, ley que diría, poco más o menos: «Se prohíbe correr a menos de sesenta y cuatro kilómetros por hora por las carreteras del Estado. Los carreteros que andan por el mundo con esos farolillos en trémolo, que vayan a campo traviesa o que se queden en casa». >
- UPTON SINCLAIR -
20 de septiembre de 1878 / 25 de noviembre de 1968
sábado, 13 de septiembre de 2025
'DÍA DEL BIBLIOTECARIO' (Argentina)
Esta fecha conmemora la creación de la primera biblioteca pública de Buenos Aires por Mariano Moreno, el 13 de septiembre de 1810. En homenaje a ese hito, el Día del Bibliotecario fue establecido en 1942 por el Congreso de Bibliotecarios realizado en Santiago del Estero, y oficializado a nivel nacional en 1954 mediante el Decreto N.º 17.650/54.
El trabajo bibliotecario es tan diverso como valioso: desde la adquisición, catalogación y clasificación de materiales, hasta el diseño de políticas de gestión, la atención personalizada a los usuarios, la suscripción a publicaciones especializadas y la promoción de espacios de estudio e investigación interdisciplinaria.
En este día, celebramos a quienes hacen de nuestras bibliotecas lugares vivos, accesibles y profundamente humanos. ¡Feliz día a los bibliotecarios y bibliotecarias de toda la Argentina!
domingo, 31 de agosto de 2025
" MONTESSORI "
< Recientes observaciones han demostrado ampliamente que los niños están dotados de una particular naturaleza psíquica, y esto nos indica una nueva vía para la educación; una forma distinta, que afecta a la humanidad misma, y que aún no se ha considerado nunca. La verdadera energía constructiva, vital y dinámica, de los niños aún permanece Ignorada desde hace miles de años; del mismo modo que los hombres primero pisaron la tierra y luego cultivaron su superficie, sin conocer ni preocuparse de las inmensas riquezas que yacen ocultas en sus profundidades, el hombre moderno progresa en la civilización sin conocer los tesoros que yacen ocultos en el mundo psíquico del niño.
Desde los primeros albores de la humanidad, el hombre ha reprimido y aniquilado sin cesar estas energías cuya existencia solo hoy comienzan a intuir algunos. Así, por ejemplo, Carrel escribe:
“Sin duda alguna, el periodo más rico es el de la primera infancia. Este debe ser utilizado de todos los modos posibles e imaginables mediante la educación. La pérdida de este periodo es irreparable. En vez de olvidar los primeros años de la vida, nuestro deber es cultivarlos con la máxima atención”.
La humanidad empieza a tomar conciencia de la importancia de esta riqueza aun no explotada; se trata de algo mucho más precioso que el oro: el espíritu mismo del hombre.
Los dos primeros años de vida abren un nuevo horizonte, revelan leyes de construcción psíquica, ignoradas hasta hoy. El niño mismo nos ha ofrecido el don de esta revelación; nos ha hecho conocer un tipo de psicología — la suya— completamente distinta de la del adulto. ! Esta es la nueva vía! No es el profesor quien aplica la psicología a los niños, sino son los niños quienes revelan su psicología al estudioso.
Todo ello puede parecer oscuro, pero quedara claro inmediatamente si profundizamos en sus particularidades: el niño tiene una mente capaz de absorber conocimientos y el poder de instruirse a sí mismo: basta, una observación superficial para demostrarlo. El hijo habla la lengua de los padres; ahora bien, el aprendizaje de una lengua es una gran conquista intelectual; nadie se la ha enseñado al niño y, sin embargo, sabrá usar a la perfección el nombre de las cosas, los verbos, los adjetivos.
Seguir el desarrollo del lenguaje en el niño constituye un estudio de inmenso interés y todos los que se han dedicado a él coinciden en reconocer que el uso de palabras y nombres, de los primeros elementos del lenguaje, corresponde a un periodo determinado de la vida, como si una norma de tiempo exacta vigilara esta manifestación de la actividad infantil. El niño parece seguir fielmente un severo programa impuesto por la naturaleza, y con tal exactitud que ninguna escuela, por bien dirigida que este, resistiría la prueba. Siguiendo siempre este programa, el niño adquiere la irregularidad y las construcciones sintácticas del lenguaje con impecable diligencia. >
- MARÍA MONTESSORI -
31 de agosto de 1870 / 6 de mayo de 1952
Desde los primeros albores de la humanidad, el hombre ha reprimido y aniquilado sin cesar estas energías cuya existencia solo hoy comienzan a intuir algunos. Así, por ejemplo, Carrel escribe:
“Sin duda alguna, el periodo más rico es el de la primera infancia. Este debe ser utilizado de todos los modos posibles e imaginables mediante la educación. La pérdida de este periodo es irreparable. En vez de olvidar los primeros años de la vida, nuestro deber es cultivarlos con la máxima atención”.
La humanidad empieza a tomar conciencia de la importancia de esta riqueza aun no explotada; se trata de algo mucho más precioso que el oro: el espíritu mismo del hombre.
Los dos primeros años de vida abren un nuevo horizonte, revelan leyes de construcción psíquica, ignoradas hasta hoy. El niño mismo nos ha ofrecido el don de esta revelación; nos ha hecho conocer un tipo de psicología — la suya— completamente distinta de la del adulto. ! Esta es la nueva vía! No es el profesor quien aplica la psicología a los niños, sino son los niños quienes revelan su psicología al estudioso.
Todo ello puede parecer oscuro, pero quedara claro inmediatamente si profundizamos en sus particularidades: el niño tiene una mente capaz de absorber conocimientos y el poder de instruirse a sí mismo: basta, una observación superficial para demostrarlo. El hijo habla la lengua de los padres; ahora bien, el aprendizaje de una lengua es una gran conquista intelectual; nadie se la ha enseñado al niño y, sin embargo, sabrá usar a la perfección el nombre de las cosas, los verbos, los adjetivos.
Seguir el desarrollo del lenguaje en el niño constituye un estudio de inmenso interés y todos los que se han dedicado a él coinciden en reconocer que el uso de palabras y nombres, de los primeros elementos del lenguaje, corresponde a un periodo determinado de la vida, como si una norma de tiempo exacta vigilara esta manifestación de la actividad infantil. El niño parece seguir fielmente un severo programa impuesto por la naturaleza, y con tal exactitud que ninguna escuela, por bien dirigida que este, resistiría la prueba. Siguiendo siempre este programa, el niño adquiere la irregularidad y las construcciones sintácticas del lenguaje con impecable diligencia. >
- MARÍA MONTESSORI -
31 de agosto de 1870 / 6 de mayo de 1952
martes, 5 de agosto de 2025
ENGELS según LENIN (1895)
El 5 de agosto del nuevo calendario (24 de julio) de 1895 falleció en Londres Federico Engels. Después de su amigo Carlos Marx (fallecido en 1883), Engels fue el más notable científico y maestro del proletariado contemporáneo de todo el mundo civilizado. Desde que el destino relacionó a Carlos Marx con Federico Engels, la obra a la que ambos amigos consagraron su vida se convirtió en común. Por eso, para comprender lo que Engels ha hecho por el proletariado es necesario entender claramente la importancia de la doctrina y actividad de Marx para el desarrollo del movimiento obrero contemporáneo. Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera, con sus reivindicaciones, es el resultado necesario del sistema económico actual que, con la burguesía, crea y organiza inevitablemente al proletariado. Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan actualmente, no por los esfuerzos bienintencionados de algunas nobles personalidades, sino por la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en esclarecer en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerias productivas dentro de la sociedad contemporánea. Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, del cambio sucesivo en el dominio y en la victoria de una clase social sobre otra. Y esto continuará hasta que desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica. Los intereses del proletariado exigen que dichas bascs sean destruidas, por lo que la lucha de clases consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.
En nuestros días todo el proletariado en lucha por su emancipación ha hecho suyos estos conceptos de Marx y de Engels. Pero cuando los dos amigos colaboraban en la década del 40, en las publicaciones socialistas, y participaban en los movimientos sociales de su tiempo, estos puntos de vista eran completamente nuevos. A la sazón había muchos hombres con talento y otros sin él, muchos honestos y otros deshonestos, que en el ardor de la lucha por la libertad política, en la lucha contra la autocracia de los zares, de la policía y del clero, no percibían el antagonismo existente entre los intereses de la burguesía y los del proletariado. Esos hombres no admitían siquiera la idea de que los obreros actuasen como una fuerza social independiente. Por otra parte, hubo muchos soñadores, algunas veces geniales, que creían que bastaba convencer a los gobernantes y a las clases dominantes de la injusticia del régimen social existente para que resultara fácil implantar en el mundo la paz y el bienestar general. Soñaban con un socialismo sin lucha. Finalmente, casi todos los socialistas de aquella época, y en general los amigos de la clase obrera, sólo veían en el proletariado una lacra y contemplaban con horror cómo, a la par que crecía la indus tria, crecía también esa lacra. Por eso todos ellos pensaban cómo detener el desarrollo de la industria y del proletariado, detener "la rueda de la historia". Contrariamente al miedo general ante el desarrollo del proletariado, Marx y Engels cifraban todas sus esperanzas en su continuo crecimiento. Cuantos más proletarios haya, tanto mayor será su fuerza como clase revolucionaria, y tanto más próximo y posible ser á el socialismo. Podrían expresarse en pocas palabras los servicios prestados por Marx y Engels a la clase obrera diciendo que le enseñaron a conocerse y a tomar conciencia de sí misma, y sustituyeron las quimeras por la ciencia.
He ahí por qué el nombre y la vida de Engels deben ser conocidos por todo obrero; tal es el motivo de que incluyamos en nuestra recopilación -- que como todo lo que editamos tiene por objeto despertar la conciencia de clase de los obreros rusos -- un esbozo sobre la vida y la actividad de Federico Engels, uno de los dos grandes maestros del proletariado contemporáneo.
Engels nació en 1820, en la ciudad de Barmen, provincia renana del reino de Prusia. Su padre era fabricante. En 1838, se vio obligado por motivos farniliares, antes de terminar los estudios secundarios, a emplearse como dependiente en una casa de comercio de Bremen. Este trabajo no le impidió ocuparse de su capacitación científica y política. Cuando era todavía estudiante secundario, llegó a odiar la autocracia y la arbitrariedad de los funcionarios. El estudio de la filosofía lo llevó aún más lejos. En aquella época predominaba en la filosofía alemana la doctrina de Hegel, de la que Engels se hizo partidario. A pesar de que el propio Hegel era admirador del Estado absolutista prusiano, a cuyo servicio se hallaba como profesor de la Universidad de Berlín, su doctrina era revolucionaria. La fe de Hegel en la razón humana y en los derechos de ésta, y la tesis fundamental de la filosofía hegeliana, según la cual existe en el mundo un constante proceso de cambio y desarrollo, condujeron a los discípulos del filósofo berlinés que no querían aceptar la realidad, a la idea de que la lucha contra esa realidad, la lucha contra la injusticia existente y el mal reinante procede también de la ley universal del desarrollo perpetuo. Si todo se desarrolla, si ciertas instituciones son remplazadas por otras, ¿por qué, entonces, deben perdurar eternamente el absolutismo del rey prusiano o del zar ruso, el enriquecimiento de una ínfima minoría a expensas de la inmensa mayoría, el dominio de la burguesía sobre el pueblo? La filosofía de Hegel hablaba del desarrollo del espíritu y de las ideas: era idealista. Del desarrollo del espíritu deducía el de la naturaleza, el del hombre y el de las relaciones entre los hombres en la sociedad. Marx y Engels conservaron la idea de Hegel sobre el perpetuo proceso de desarrollo *, y rechazaron su preconcebida concepción idealista; el estudio de la vida real les mostró que el desarrollo del espíritu no explica el de la naturaleza, sino que por el contrario conviene explicar el espíritu a partir de la naturaleza, de la materia. . . Contrariamente a Hegel y otros hegelianos, Marx y Engels eran materialistas. Enfocaron el mundo y la humanidad desde el punto de vista materialista, y comprobaron que, así como todos los fenómenos de la naturaleza tienen causas materiales, así también el desarrollo de la sociedad humana está condicionado por el de fuerzas materiales, las fuerzas productivas. Del desarrollo de estas últimas dependen las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de producción de los objetos necesarios para satisfacer sus necesidades. Y son dichas relaciones las que explican todos los fenómenos de la vida social, las aspiraciones del hombre, sus ideas y sus leyes. El desarrollo de las fuerzas productivas crea las relaciones sociales, que se basan en la propiedad privada; pero hoy vemos también cómo ese mismo desarrollo de las fuerzas productivas priva a la mayoría de toda propiedad para concentrarla en manos de una ínfima minoría. Destruye la propiedad, base del régimen social contemporáneo, y tiende por sí mismo al mismo fin que se han planteado los socialistas. Estos sólo deben comprender cuál es la fuerza social que por su situación en la sociedad contemporánea está interesada en la realización del socialismo, e inculcar a esa fuerza la conciencia de sus intereses y de su misión histórica. Esta fuerza es el proletariado. Engels lo conoció en Inglaterra, en Manchester, centro de la industria inglesa, adonde se trasladó en 1842 para trabajar en una firma comercial de la que su padre era accionista. Engels no se limitó a permanecer en la oficina de la fábrica, sino que recorrió los sórdidos barrios en los que se albergaban los obreros y vio con sus propios ojos su miseria y sufrimientos. No se limitó a observar personalmente; leyó todo lo que se había escrito hasta entonces sobre la situación de la clase obrera inglesa y estudió minuciosamente todos los documentos oficiales que estaban a su alcance. Como fruto de sus observaciones y estudios apareció en 1845 su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya hemos señalado más arriba cuál fue el mérito principal de Engels como autor de dicho libro. Es cierto que antes que él muchos otros describieron los padecimientos del proletariado y señalaron la necesidad de ayudarlo. Pero Engels fue el primero en afirmar que el proletariado no es sólo una clase que sufre, sino que la vergonzosa situación económica en que se encuentra lo impulsa inconteniblemente hacia adelante y lo obliga a luchar por su emancipación definitiva. Y el proletariado en lucha se ayudará a sí mismo. El movimiento político de la clase obrera llevará ineludiblemente a los trabajadores a darse cuenta de que no les queda otra salida que el socialismo. A su vez, éste sólo será una fuerza cuando se convierta en el objetivo de la lucha política de la clase obrera. Estas son las ideas fundamentales del libro de Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, ideas que todo el proletariado que piensa y lucha ha hecho suyas, pero que entonces eran completamente nuevas. Fueron expuestas en un libro cautivante en el que se describe del modo más fidedigno y patético las penurias que sufría el proletariado inglés. La obra constituía una terrible acusación contra el capitalismo y la burguesía. La impresión que produjo fue muy grande. En todas partes comenzaron a citar la obra como el cuadro que mejor representaba la situación del proletariado contemporáneo. Y en efecto, ni antes de 1845, ni después, ha aparecido una descripción tan brillante y veraz de los padecimientos de la clase obrera.
Engels se hizo socialista sólo en Inglaterra. En Manchester se puso en contacto con militantes del movimiento obrero inglés y empezó a colaborar en las publicaciones socialistas inglesas. En 1844, al pasar por París de regreso a Alemania, conoció a Marx, con quien ya mantenía correspondencia. En París, bajo la influencia de los socialistas franceses y de la vida en Francia, Marx también se hizo socialista. Allí fue donde los dos amigos escribieron La sagrada familia, o crítica de la crítica crítica. Esta obra, escrita en su mayor parte por Marx, y que fue publicada un año antes de aparecer La situación de la clase obrera en Inglaterra, sienta las bases del socialismo materialista revolucionario, cuyas ideas principales hemos expuesto más arriba. La sagrada familia es un apodo irónico dado a dos filósofos, los hermanos Bauer, y a sus discípulos. Estos señores practicaban una crítica fuera de toda realidad, por encima de los partidos y de la política, que negaba toda actividad práctica y sólo contemplaba "críticamente" el mundo circundante y los sucesos que ocurrían en él. Los señores Bauer calificaban desdeñosamente al proletariado como una masa sin espíritu crítico. Marx y Engels protestaron enérgicamente contra esa tendencia absurda y nociva. En nombre de la verdadera personalidad humana, la del obrero pisoteado por las clases dominantes y por el Estado, exigieron, no una actitud contemplativa, sino la lucha por una mejor organización de la sociedad. Y, naturalmente, vieron en el proletariado la fuerza capaz de desarrollar esa lucha en la que está interesado. Antes de la aparición de La sagrada familia, Engels había publicado ya en la revista Anales franco-alemanes, editada por Marx y Ruge, su Estudio crítico sobre la economía politica, en el que analizaba, desde el punto de vista socialista, los fenómenos básicos del régimen económico contemporáneo, como consecuencia inevitable de la dominación de la propiedad privada. Sin duda, su vinculación con Engels contribuyó a que Marx decidiera ocuparse de la economía política, ciencia en la que sus obras produjeron toda una revolución.
De 1845 a 1847 Engels vivió en Bruselas y en París, alternando los estudios científicos con las actividades prácticas entre los obreros alemanes residentes en dichas ciudades.
Allí Engels y Marx se relacionaron con una asociación clandestina alemana, la "Liga de los Comunistas" que les encargó expusieran los principios fundamentales del socialismo elaborado por ellos. Así surgió el famoso Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, que apareció en 1848. Este librito vale por tomos enteros: inspira y anima, aún hoy, a todo el proletariado organizado y combatiente del mundo civilizado.
La revolución de 1848, que estalló primero en Francia y se extendió después a otros países de Europa occidental determinó que Marx y Engels regresaran a su patria. Allí en la Prusia renana, asumieron la dirección de la Nueva Gaceta Renana, periódico democrático que aparecía en la ciudad de Colonia. Los dos amigos eran el alma de todas las aspiraciones democráticas revolucionarias de la Prusia renana. Ambos defendieron hasta sus últimas consecuencias los intereses del pueblo y de la libertad, contra las fuerzas de la reacción. Como se sabe, éstas triunfaron, Nueva Gaceta Renana fue prohibida, y Marx, que durante su emigración había perdido los derechos de súbdito prusiano, fue expul sado del país; en cuanto a Engels, participó en la insurrección armada del pueblo, combatió en tres batallas por la libertad, y una vez derrotados los insurgentes se refugió en Suiza, desde donde llegó a Londres.
También Marx fue a vivir a Londres; Engels no tardó en emplearse de nuevo, y después se convirtió en socio de la misma casa de comercio de Manchester en la que había trabajado en la década del 40. Hasta 1870 vivió en Manchester, y Marx en Londres, lo cual no les impidió estar en estrecho contacto espiritual: se escribían casi a diario. En esta correspondencia los amigos intercambiaban sus opiniones y conocimientos, y continuaban elaborando en común el socialismo científico. En 1870, Engels se trasladó a Londres, y hasta 1883, año en que murió Marx, continuaron esa vida intelectual compartida, plena de intenso trabajo. Como fruto de la misma surgió, por parte de Marx, El Capital, la obra más grandiosa de nuestro siglo sobre economía política, y por parte de Engels, toda una serie de obras más o menos extensas. Marx trabajó en el análisis de los complejos fenómenos de la economía capitalista. Engels esclarecía en sus obras, escritas en un lenguaje muy ameno, polémico muchas veces, los problemas científicos más generales y los diversos fenómenos del pasado y el presente, inspirándose en la concepción materialista de la historia y en la doctrina económica de Marx. De estos trabajos de Engels citaremos la obra polémica contra Dühring (en ella el autor analiza los problemas más importantes de la filosofía, las ciencias naturales y la sociología)**, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (traducida al ruso y editada en San Petersburgo, 3a ed. de 1895), Ludwig Feuerbach (traducción al ruso y notas de J. Plejánov, Ginebra, 1892)[2], un artículo sobre la política exterior del gobierno ruso (traducido al ruso y publicado en Sotsial-Demokrat, núms. 1 y 2, en Ginebra)[3], sus magníficos artículos sobre el problema de la vivienda[4], y finalmente, dos artículos, cortos pero muy valiosos, sobre el desarrollo económico de Rusia (Federico Engels sobre Rusia, traducción rusa de V. Zasúlich, Ginebra 1894)[5]. Marx murió sin haber podido terminar en forma definitiva su grandiosa obra sobre el capital. Sin embargo, estaba concluida en borrador, y después de la muerte de su amigo, Engels emprendió la ardua tarea de redactar y publicar los tomos II y III. En 1885 editó el II y en 1894 el III (no tuvo tiempo de redactar el IV[6]). Estos dos tomos le exigieron muchísimo trabajo. El socialdemócrata austríaco Adler observó conrazón que, con la edición de los tomos II y III de El Capital, Engels erigió a su genial amigo un monumento majestuoso en el cual, involuntariamente, grabó también con trazos indelebles su propio nombre. En efecto, esos dos tomos de El Capital son la obra de los dos, Marx y Engels. Las leyendas de la antiguedad relatan diversos ejemplos de emocionante amistad. El proletariado europeo puede decir que su ciencia fue creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres. Siempre, y por supuesto, con toda justicia, Engels se posponía a Marx. "Al lado de Marx -- escribió a un viejo amigo suyo -- siempre toqué el segundo violín."[7] Su afecto por Marx mientras vivió, y su veneración a la memoria del amigo desaparecido fueron infinitos. Este luchador austero y pensador profundo, tenía una gran sensibilidad.
Durante su exilio, después del movimiento de 1848-1849, Marx y Engels se dedicaron no sólo a la labor científica. Marx fundó en 1864 la "Asociación Internacional de los obreros"[8] que dirigió durante un decenio. También Engels participó activamente en sus tareas. La actividad de la "Asociación Internacional" que, de acuerdo con las ideas de Marx, unía a los proletarios de todos los países, tuvo una enorme importancia para el desarrollo del movimiento obrero. Pero inclusive después de haber sido disuelta dicha asociación en la década del 70, el papel de Marx y Engels como unificadores de la clase obrera no cesó. Por el contrario, puede afirmarse que su importancia como dirigentes espirituales del movimiento obrero seguía creciendo constantemente, porque propio movimiento continuaba desarrollándose sin cesar. Después de la muerte de Marx, Engels siguió siendo el consejero y dirigente de los socialistas europeos. A él acudían en busca de consejos y directivas tanto los socialistas alemanes, cuyas fuerzas iban en constante y rápido aumento, a pesar de las persecuciones gubernamentales, como los representantes de países atrasados, por ejemplo españoles, rumanos, rusos, que se veían obligados a estudiar minuciosamente y medir con toda cautela sus primeros pasos. Todos ellos aprovechaban el riquísimo tesoro de conocimientos y experiencias del viejo Engels.
Marx y Engels, que conocían el ruso y leían las obras aparecidas en ese idioma, se interesaban vivamente por Rusia, seguían con simpatía el movimiento revolucionario y mantenían relaciones con revolucionarios rusos. Antes de ser socialistas, los dos habían sido demócratas y el sentimiento democrático de odio a la arbitrariedad política estaba profundamente arraigado en ellos. Este sentido político innato, agregado a una profunda comprensión teórica del nexo existente entre la arbitrariedad política y la opresión económica, así como su riquísima experiencia de la vida, hicieron que Marx y Engels fueran extraordinariamente sensibles en el aspecto político. Por lo mismo, la heroica lucha sostenida por un puñado de revolucionarios rusos contra el poderoso gobierno zarista halló en el corazón de estos dos revolucionarios probados la más viva simpatía. Y por el contrario, era natural que la intención de volver la espalda a la tarea inmediata y más importante de los socialistas rusos -- la conquista de la libertad política --, en aras de supuestas ventajas económicas, les pareciese sospechosa e incluso fuese considerada por ellos como una traición a la gran causa de la revolución social. "La emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo", enseñaron siempre Marx y Engels. Y para luchar por su emancipación económica, el proletariado debe conquistar determinados derechos políticos. Además, Marx y Engels veían con toda claridad que una revolución política en Rusia tendría también una enorme importancia para el movimiento obrero de Europa occidental. La Rusia autocrática ha sido siempre el baluarte de toda la reacción europea. La situación internacional extraordinariamente ventajosa en que colocó a Rusia la guerra de 1870, que sembró por largo tiempo la discordia entre Alemania y Francia, no hizo, por supuesto, más que aumentar la importancia de la Rusia autocrática como fuerza reaccionaria. Sólo una Rusia libre, que no tuviese necesidad de oprimir a los polacos, finlandeses, alemanes, armenios y otros pueblos pequeños, ni de azuzar continuamente una contra otra a Francia y Alemania, daría a la Europa contemporánea la posibilidad de respirar aliviada del peso de las guerras, debilitaría a todos los reaccionarios de Europa y aumentaría las fuerzas de la clase obrera europea. Por lo mismo, Engels, deseó fervientemente la instauración de la libertad política en Rusia, pues también contribuiría al éxito del movimiento obrero en Occidente. Con su muerte los revolucionarios rusos han perdido al mejor de sus amigos.
¡Memoria eterna a Federico Engels, gran luchador y maestro del proletariado!
- V. I. LENIN -
Escrito: En 1895.
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